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Ha nacido un profesional II


La verdad es que al empezar resultó duro, las manos de dibujante tenían que tornarse duras y fieras, así que tras horas de desclavar grapas a base de destornillador, gastaba ampollas del tamaño de la palma de la mano, pero no había esparadrapo ni palmadita en la espalda que no acallara mis lamentos. Descubrí con estupor como se hace el famoso callo del tapicero, desfigurando las falanges del dedo corazón a medida que usas las tijeras para cortar cartón. En contraposición tengo que decir que no necesité ir al gimnasio, porque me harté de mover pesados esqueletos de madera para después de tapizarlos, subirlos al piso de su dueño por las escaleras muchas veces impracticables… así se hacen los hombres.

Al tener recursos limitados, el servicio de limpieza brillaba por su ausencia, entonces surge la gran pregunta: ¿Quién limpiaba el retrete?… ahí queda eso. Hoy en día no me imagino a ningún jovenzano de dieciséis años haciendo las labores, los padres de las criaturas pondrían una demanda por intoxicación de desechos nitrogenados o por perseverancia en las actitudes de mando hacia el personal no cualificado. Todo un ejemplo.

Barrer o preparar la caldera eran otras funciones a desempeñar que nada tenían que ver con el oficio, o sí, ya que te entraban ganas de trabajar para dejar a un lado las eficiencias de cenicienta. Otros recuerdos gratos fueron los primeros martillazos en la yemas de los dedos cuando aprendes a clavar tachuela, atinar en la tachuela se antojaba como una labor de alta concentración, porque cuando se te iba el santo al cielo, la ostia estaba asegurada.

A medida que adquiría atribuciones, crecía el gusto hacia mi trabajo a pesar de esos incómodos pinchazos que inexplicablemente, acababan casi siempre entre las yemas de los dedos y las uñas cuando no le has cojido bien la medida a la aguja curva de coser  terminaciones, no sabría describir la agonía momentánea que supone. Aún así, el trabajo no resultaba peligroso y mucho menos mortal, a no ser de que murieras por aplastamiento de sofá, que ya sería mala suerte que te cayera en un mal sitio, o por muerte natural por apuñalamiento.

Otro momento álgido es cuando, sin querer, aprietas el gatillo contra el dedo o metes éste entre la pistola y la madera en el momento de soltar grapa. Dentro de este despropósito se puede dar el caso de que el cargador tenga grapa pequeña, nueve mm., y sólo pille carne de refilón, a esto se le llama susto. Si al contrario llevas grapa grande de catorce mm., y te atraviesas la uña alojando la grapa en el hueso, ya cambia de susto a pedazo de grapazo que "mecagüentodoloquesemenea", haciéndote sudar en décimas de segundo... y de tercero puedes hasta llorar si no hay nadie delante. Yo creo que es equiparable a una patada en los testículos de intensidad leve. Lo del grapazo no puede asemejarse bajo ningún concepto a una patada en los mismísimos de intensidad media o moderada, ya que con éstas, sudas bastante más.

Continuará...



2 comentarios :

  1. Hola Tapestry
    Cuántos grapazos se habrán llevado nuestros dedos...y los peores eran cuando pillaba la uña jaja

    He creado un blog afín al tuyo
    si quieres puedes visitarlo aunque recién lo empecé.

    http://tapizame.blogspot.com.es/

    un saludo desde Barcelona

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    1. Hola Oscar.
      Ya me he pasado por tu blog, de hecho ya estoy siguiéndote los pasos, jeje...
      Un saludo y enhorabuena por tu página ;)

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