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El arcón del cuñao.

 

Hola.

Hace más de veinte años y pasando casi por las mismas tesituras que hoy en día, me dio por reciclar tableros de aglomerado desahuciados por amigos montadores de cocinas, convirtiéndolos en arcones de dormitorio o pouff’s de salón, según tamaño y huecos ambos, buscando una opción de almacenaje.

Os traigo, pues, la restauración de un arcón con la veintena cumplida y que volvía a necesitar de las atenciones profesionales de un servidor ya que la goma se presentaba deteriorada al tacto y aunque la tela aprobaba  revisión, gracias al cuidadoso trato recibido por parte de los cuñados, un cambio de aires en el dormitorio, antojaba cambio.

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Ya en su día, supuso un reto tapizar esta pieza porque sólo contábamos con un retal sobrante de la galería del cortinaje. Recuerdo que conseguir llevar a buen puerto el puzle, me tuvo bastante entretenido, ahora, que había tela de sobra, Ana (la cuñada de la que ya os hable en su día), quiso prescindir de adornos decantándose por el acabado minimalista, sin vivos de por medio y sin volante, proyectando una línea visual más actual.



Tapizando en Photoshop.

 

Hola.

Hoy quiero hacer gala de lo mucho que nos hemos modernizado los tapiceros, sabemos encender ordenadores y hasta escribir correos electrónicos o “emilios”. Los más aventajados, dejando atrás el copy-paste más habitual, han llegado a trastear con el photoshop hasta límites cuasi profesionales.

Así pues, el caso que sus traigo hoy, no deja de ser un simple tutorial de esta poderosa y laboriosa herramienta de ilustración combinada con nuestro oficio. 

Partiendo de la base explicada en esta entrada y presuponiendo que tienes el programa oficial instalado (…), elegiremos una plantilla que puedes descargarte de un esqueletero oficial o, si tienes las bibliotecas de pinceles oportunas, eliges el Paintbrush silla y abrimos un archivo nuevo: barra de herramientas/archivo/abrir

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El respaldo de John… Deere.

 

Hola.

Aprovechando el paseo por la Comarca del Jiloca de la entrada anterior y la incapacidad transitoria por culpa de un descuido para con mis vértebras, que me ha tenido de reposo cuatro días, os traigo la restauración del respaldo del “todo terreno” de Simón que tapicé la semana pasada.

Este tractor ha prestado servicio al pueblo para innumerables faenas más allá de  su trabajo innato de laborar los campos. Desde que tengo consciencia de haber llegado al pueblo, Simón, a lomos de su máquina, ha despedregado y allanado caminos, movido montes y tumbado leña e incluso ha hecho de parque de atracciones para los grandes y pequeños que nos montamos en la pala o nos encaramamos en sus arados, raro es el crío que no se ha revolcado en el remolque lleno de grano a falta de una piscina de bolas… con el inconveniente de  los picores de tanta fibra entre los ropajes, que hacía indispensable el duchazo de rigor con la manguera de llenar la cisterna, siendo ésta otra atracción de éxito ;)

Antes que nada os presentaré al John Deere de Simón, es el tractor que sale en el siguiente vídeo y donde se nos ve al pueblo entero dando el callo por una buena causa:



El balancín de la Tomasa.

 

Hola.

Hoy vengo a narraros una deuda saldada que contraje con el tiempo, una de esas que esperas poder devolver algún día tras años de favores desinteresados que sólo hacen entrever la calidad humana de quien los otorga, os cuento:

La Tomasa es la suegra de mi cuñao, nacida en Tornos ha regentado junto a Paco (y desde que yo la conozco) la carnicería “La Tomasa”, en el centro neurálgico de Calamocha. Corderos de crianza propia, cerdo con pedigrí, longanizas y chorizos caseros… esas morcillas recién hechas que viajan por el aire impregnando la calle y que he tenido la suerte de catar aún calientes, son algunos de los manjares con los que nos agasajamos en las fiestas de nuestro pueblo. DSC_0055

Pues bien, al ruido del compresor la familia acude rauda para tapizar la lista de tareas pendientes y que aguardan liquidar desde hace ni me acuerdo, que como dijo Lennon: “La vida es lo que te ocurre mientras estás haciendo otros planes” y a mi, aún encima, se me va el santo al cielo… a lo que vamos, Ana, mi cuñada  e hija de La Tomasa,  me recuerda que  hablamos en su día de un balancín de cinchas lacias y gomas pasadas que requerían mis atenciones profesionales.

Bueno, a día de hoy la Tomasa ha delegado funciones debido a los achaques, no de la edad sino de los años de duro trasiego entre ollas y capoladoras, y se somete a la intervención del hombro (que tantas longanizas y chorizos ha bailao) recuperándose de una operación de cadera. Es por ésta última por lo que hubo que discurrir para procurarle una sentada cómoda y firme que no le hiciera flexionar el coxis en demasía. Descarté el bloque de goma porque… sí, creí conveniente ganar altura a base de muelles asegurando la recuperación instantánea a la hora de levantarse y la comodidad añadida del muelle… y porque espero no tener que volver a tapizarlo en los próximos 60 ó 70 años ;)



Unos bastidores sesenteros.


Hola.

Habiendo dejado por sentado el buen rollito interregional existente entre los tapiceros de por estos lares, vuelvo de nuevo a hablar de la tapicería añeja, esa que tanto me gusta catar, la que me devuelve a los orígenes y hace que aprecie y respete cada vez más el oficio y sus formas.

Unas sillas de hechuras artesanales, sin cortes ni uniones impecables y cada una con su sello de personalidad implícito. Me imaginé al ebanista artífice tallando a golpe de navaja cada una de ellas, sin prisas ni cronómetros resoplando en la nuca, tal vez por eso hayan llegado hasta nuestros días con alguna tuerca por apretar sin más.

DSC_0033Esta vez no toca guarnecer ni poner tachuela, tampoco capitoné ni enaltecer las formas imposibles con materiales intratables. Os vengo a enseñar unos simples bastidores y que tal vez por esa simplicidad, despertaron mi admiración.

De terciopelo bronce diez eran diez, las que me esperaban con más ganas de las que yo les tenía. A golpe de tacto, la goma se había esfumado dejando adivinar un manto de crin encima de las cinchetas radiales  que se iba deshaciendo sobre el  cotón amarillento plagado de celosía, gabarrotes o puntas de tapicero que hacía de fondo… os diré que no había desclavado tal cantidad de puntas en la vida, fruto de una, en el mejor de los casos, restauración anterior.

Algo me daba en la nariz mientras tenía la mosca detrás de la oreja y en modo escudriñador, empecé a destripar con cierta inquietud sin poder esperar a quitar puntas para verles los entresijos, así que armado con mi fiel tijera, empiezo rasgando el fondo encontrándome unas cinchas de yute cubiertas de arpillera que, supongo, serían el sustento original.